El presente artículo va dirigido a todos los que tienen dudas, a los heterodoxos, a los que viven en conflicto permanente y a los inconformistas en términos de Fe. Es decir, y a mi juicio, que esto es lo que deberíamos hacer todos en un momento de nuestra existencia, preguntarse por el sentido de la vida y el fin último de las cosas.

La búsqueda incesante de Unamuno

Uno de los personajes más influyentes de la primera mitad del siglo XX en España fue don Miguel de Unamuno. Él le daba un valor especial al escepticismo desde un punto de vista etimológico, y en este sentido el término significa “el que investiga y rebusca, por oposición al que afirma y cree haber hallado”, según sus palabras. De Unamuno se ha llegado a decir que era un católico fervoroso y a la vez que profesaba el ateísmo. No fue ni una cosa ni la otra, simplemente creía que no se podían esperar soluciones definitivas en la creencia de la religión, pero a la vez insistía en que la fe es un orden inteligible. Creo que es fácil de comprender la postura de don Miguel, en una persona con sus capacidades intelectuales y su capacidad insaciable de buscar la Verdad.

Fe y razón en la búsqueda del conocimiento

Por este motivo, decía que el ateísmo era una posición inconsciente porque reduce el conocimiento a lo demostrable y esto coarta la capacidad de tener una comprensión real. Simplemente quería saber. Se pasó la vida luchando con el misterio, y como él mismo decía, que aunque no lo encontrase, esa búsqueda le servía de alimento y consuelo. Sinceramente me parece que llevó su vida con una actitud muy loable y recomendable para todos aquellos que desde un punto de vista razonable, quieran adentrarse en el conocimiento y el encuentro con Dios.

Si para intentar explicar la Creación nos basamos en premisas filosóficas, podemos considerar la realidad que nos envuelve, en la que vivimos, como algo maravilloso, pero podría haber sido de otra manera. Es más, podría no haber sido. Por lo tanto, esta contingencia – posibilidad de que algo suceda o no suceda debería conducir a que el mundo no podría explicarse por sí mismo. Desde este punto de vista se llega al descubrimiento del Creador, o si todavía no estuviésemos preparados para aceptar la existencia de Dios, nos podríamos conformar con la aceptación de ese demiurgo que partió de la filosofía platónica, pero siempre con la intención de ir avanzando en el conocimiento de Dios, tal y como expresaba Unamuno.

El asombro como camino hacia la verdad

Una máxima de la filosofía para aceptar que el ser necesita aumentar de forma permanente el conocimiento, es la de no perder la capacidad de asombrarse a diario por cosas cotidianas, visto de otra forma, podríamos decir que necesitamos aprender algo nuevo todos los días por muy nimio que nos parezca lo que hemos aprendido. Para eso no podemos encerrarnos en nuestras capacidades, debemos abrirnos y aprender de los demás. Con esta actitud y conciencia podremos admitir que el Creador deseó compartir su alegría y por eso nos creó. Para entender esto, es necesario desprenderse de Descartes que pretendía la certeza sin dar lugar a la duda, y aceptar el camino de Pascal que comprendió que las razones del corazón no siempre serán entendidas por las de la razón.

El proceso de conversión

El proceso de conversión de una persona es tan particular que no es posible generalizarlo. Supone un momento crucial y único en la vida del hombre. Un momento en el que cambia la vida y comienza una nueva con la intención de enmendar los errores pasados y mejorar de forma constante. Este camino de mejora se basará en la búsqueda de la Verdad, con tres cimientos dignos como la virtud, la humildad y la razón.

En muchas ocasiones la conversión viene por un hecho concreto que te hace pensar y repasar acciones del pasado. Esto le sucedió al escritor C.S. Lewis quien era un ateo convencido hasta que en su vida apareció un personaje. Estando él convaleciente en un hospital de Francia, tras su participación en la Primera Guerra Mundial, llegó a sus manos unos de los ensayos de Gilbert K. Chesterton. Quedó conquistado por la literatura de ese señor y comenzó a comprender la concepción cristiana. Lewis era profesor de la Universidad de Oxford, una vez le dijeron que nunca se fiase de un papista y de un filólogo. Sin darse cuenta cogió una grata amistad con un joven que resultó ser J.R.R. Tolkien, quien era católico y filólogo. Este fue el segundo hecho que le condujo al acercamiento, y futura conversión, al catolicismo.

Fe y razón: Una perspectiva complementaria

En la búsqueda de la fe, y como decía Chesterton, muchas veces se comienza persiguiendo una intuición confusa que más tarde descubrirá la verdad cristiana. Y ese momento de descubrimiento, cuando se mira al entorno con otra perspectiva, es cuando encontramos la compatibilidad entre fe y razón. El mismo Chesterton se definía como racionalista, pero no reduccionista que basaba todo en lo empírico. Su racionalismo había que enterderlo como la búsqueda de la razonabilidad, de valorar hechos razonables. La fe es un hecho razonable, no es una negación de la inteligencia sostener una concepción lógica sobre los misterios del mundo, la fe es uno de ellos.

La conjunción de fe y razón quedó reflejada de forma brillante por Juan Pablo II en la encíclica Fides et Ratio. Introdujo el término filosofía cristiana, no como una filosofía oficial de la Iglesia, sino como un modo de filosofar cristiano, es decir: “la filosofía cristiana pretende abarcar los pensamientos importantes del pensamiento filosófico que no se hubieran realizado sin la aportación, directa o indirecta, de la fe cristiana”.

Aristóteles postuló que la filosofía parte del asombro, de ser así, no podemos pretender que lo sobrenatural se rija por unas leyes que superan a la lógica. El hecho de no comprender una cosa no da derecho a negarla. La fe cristiana explica nuestra naturaleza y el poder de lo sobrenatural. El cristianismo es positivo y optimista, alienta al hombre a vivir y a la pretensión de ser mejor.

Marienma Posadas


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